sábado, 18 de octubre de 2008

Sobre el mercado de carbono voluntario

Sobre el mercado de carbono voluntario
Fuente: Oil Watch
El mercado de carbono voluntario es aún más peligroso que el comercio de carbono que permite el Protocolo de Kioto, que está de cierta manera regulado y fija una cuota a un país y éste a sus empresas; mientras que el mercado voluntario está creciendo sin ningún tipo de regulación. Este mercado paralelo permitirá a los países del Norte, instituciones, empresas y ciudadanos postergar acciones serias frente a las emisiones por la quema de hidrocarburos mientras obtiene grandes ganancias con ello. Setiembre 2008, formato pdf.[ampliar]


Desde el inicio de la era industrial, la química de la atmósfera ha cambiado significativamente al quemar combustibles fósiles -carbón, petróleo y gas- como fuentes de energía para alimentar máquinas. Los gases emitidos se han ido concentrando en la atmósfera, formando un manto que actúa de manera similar a un invernadero de vidrio, atrapando el calor del sol y calentando el planeta.

Una parte de este ‘efecto invernadero’ es natural, y ha contribuido a mantener la temperatura del planeta dentro de rangos que permitan la existencia de vida. Sin embargo, la quema de combustibles fósiles y la destrucción de los bosques en rápido ascenso provocan un calentamiento excesivo. Debido a esto, los glaciares se están derritiendo más rápido que nunca. El nivel de los océanos podría aumentar, lo que implicaría la desaparición total de algunos estados insulares, e inundaciones a gran escala en las tierras bajas. Además, el calentamiento global podría afectar las corrientes oceánicas que regulan la temperatura de regiones específicas. Los cambios perjudiciales del clima provocarían una intensificación de las tormentas y huracanes en algunas áreas y una falta de lluvias en otras. De ser así, se sucederían la extinción masiva de especies y la desintegración de los ecosistemas a medida que las cambiantes temperaturas hagan estragos en los habitats establecidos.

En la Cumbre de la Tierra de 1992, los gobiernos firmaron un tratado internacional -la Convención Marco sobre Cambio Climático-, en el que aceptaron, como primer paso, rebajar sus emisiones de gases causantes del efecto invernadero. La mayoría no cumplió el compromiso.

Más adelante, en diciembre de 1997, los gobiernos se reunieron en Kyoto, Japón, para analizar los informes científicos sobre cambio climático y acordar medidas adicionales. El Protocolo aún debe ser ratificado por algunos de los gobiernos firmantes, antes de convertirse en legislación internacional. La Unión Europea lo hizo en mayo de 2002, mientras que Estados Unidos aún se niega a hacerlo.

En la actualidad, los países más ricos del mundo, donde vive sólo un 20% de la población mundial, son responsables por el 60% de las emisiones globales de gases causantes del efecto invernadero, por lo que su compromiso es vital para impedir las consecuencias devastadoras del calentamiento global. A modo de incentivo para que estos países firmen el protocolo de Kioto, se incluyen disposiciones “flexibles” que constituyen el centro del debate actual sobre el cambio climático.

Dentro de un programa llamado “mecanismo de desarrollo limpio”, el protocolo admite la emisión de cierta cantidad de gases si se invierte, como contrapartida, en iniciativas que puedan compensar la emisión, usualmente bosques y proyectos de siembra de árboles en países del Sur. Algunas ONG y organismos internacionales –entre ellos el Banco Mundial- lo ven como un solución en la que todos ganan, mientras que ambientalistas y organizaciones de base sostienen que esto significa en realidad la compra-venta del derecho a contaminar: el “comercio del carbono”, que está muy lejos de atender a las causas del problema del calentamiento global.

Hoy en día existen firmas de eco-consultoría tales como EcoSecurities o NatSource que buscan por el mundo servicios ambientales que puedan compensar las emisiones de sus clientes, las empresas de los países ricos. A pesar de que el fenómeno del cambio climático afecta a todo el mundo por igual, el Sur se convierte progresivamente en el “sumidero de carbono” del Norte, lo que supone un enorme impacto no sólo en su biodiversidad sino en sus posibilidades de desarrollo sustentable. En definitiva, para muchos el comercio del carbono no hace otra cosa que alimentar la ilusión de que el capitalismo puede mantener los niveles de producción sin dañar el ambiente y, en consecuencia, el clima.

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